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El carácter original del término “industria” recoge el sentido de actividad o ingenio antes de pasar a identificarse con el desarrollo mecánico de las revoluciones del siglo XIX. El modelo contemporáneo de industria tiene más que ver con la capacidad de persistir en la constante innovación que en el mantenimiento de rígidas cadenas de producción. La industrialización contemporánea debe conseguir que la industria recupere su carácter inventivo.

El desarrollo cuantitativo de la industria está caduco. El tiempo de las soluciones estandarizadas de baja calidad ha pasado, ya no existe imperiosa urgencia del suministro. Esa coyuntura, además, se complementaba de una manera eficiente con un modelo de construcción a través de grandes empresas que ha hecho imposible la consolidación de una verdadera industria que, de nuevo, ingenie, es decir, arriesgue.

Para acometer la tarea de revitalizar a la industria en un sentido energético es necesario trabajar con catálogos abiertos de productos, catálogos que se originen desde la colaboración directa de profesionales e industria. Hemos de ser capaces de incitar a la industria a arriesgar. Estos catálogos compartidos deben ser flexibles de modo que puedan dar respuesta a cualquier arquitectura. Por otro lado, el proyecto arquitectónico debe redactarse en términos homologables. La forma debe contener en su interior un lenguaje cifrado de mínimos (en términos de compatibilidad geométrica o técnica) capaz de introducir al proyecto de arquitectura en la red de los sistemas industrializados.

Sin embargo, por el momento, la escasez de catálogos industriales abiertos o realmente eficientes es notoria. Y los que existen siguen siendo poco competitivos en precio. En este sentido, proponemos el “tuning industrial”: adaptar los rígidos catálogos industriales a las necesidades de la arquitectura.

Sin embargo, la modificación de los catálogos sólo puede ser el resultado de un continuado interés por el conocimiento. Las soluciones verdaderamente eficientes deben implicar una precisión a la que sólo es posible llegar mediante una ampliación y continua puesta a punto del tradicional campo de actuación del arquitecto. Por decirlo de un modo gráfico: para “sintonizar” es necesario primero “afinar”.

Para esta labor de afinado –que implica obviamente una nueva metodología en el proyecto- es necesario incorporar en el mismo, mediante programas de simulación, monitorización y maquetas, los parámetros del comportamiento energético global del edificio. Estos primeros diseños son analizados conjuntamente con los industriales para valorar el modelo óptimo que debe ser desarrollado, eludiendo así la incertidumbre que se abre entre el diseño y la realidad construida, una incertidumbre que, con demasiada frecuencia, constituye el primer y verdadero fracaso del quehacer del arquitecto.

El arquitecto puede aplicar su particular “tuning industrial” en función de sus intereses o coyuntura. Aquí es donde la estrategia de continua innovación desarrollada por nuestro estudio podría resultar una experiencia que, con todas sus luces y sombras, estamos dispuestos a compartir con los comprometidos en este nuevo y fascinante horizonte.